Crescencia, la bruja malvada de Guerrero


Es la época del año 1930, cuando a la creciente ciudad de Iguala, Guerrero, llegó un joven maestro el cual tenía la encomienda de enseñar a varios niños de una comunidad a las afueras del pueblo.




La ciudad de Iguala y sus alrededores se amplió y con ello comenzaron a llegar gentes de muchas partes de Guerrero entre ellos una mujer que llegó a vivir al pueblo donde Francisco daba sus clases.

Crescencia tenía el oficio de curandera y hierbera, algunas personas la visitaban con el fin de hacerse limpias y curaciones esotéricas; pero otras conocían la verdadera identidad de la señora, sin embargo callaban por temor de que pudieran padecer algún maleficio que “Chencha” les lanzara.

Esta mujer comúnmente visitaba la escuela, sus motivos no eran muy claros. Con el tiempo se hizo de amistad con Francisco el cual la cortejaba pues a pesar de todo lo que rumoraba de ella, era muy bonita para la edad que supuestamente tenia y eso no le importo al maestro. Mucho le advirtieron sobre aquella mujer pero él termino casándose.

Al principio el matrimonio fue como todos los tradicionales, aunque tiempo después comenzaron a acontecer algunos sucesos extraños en el pueblo... muchas personas afirmaban escuchar por las madrugadas el revolotear de unas alas enormes surcar los cielos, escuchaban el sonido pero no lograban observar nada.

Hartos de vivir con miedo y con la incertidumbre de ser acechados por algo, los pobladores comenzaron a vigilar los cielos, parcelas y casas, sin descubrir nada importante. Hasta que una noche un viejo velador por casualidad descubrió algo escalofriante.

Sería la mañana de un viernes que el viejo tocó la puerta de la casa del maestro Francisco y le contó lo que había visto: "La noche anterior hacia un rondín por unas calles polvosas de un barrio de indígenas nahuas y mire algo extraño. Una humareda salía de uno de los patios de una vecindad abandonada, al acercarme y en medio de la obscuridad vi que en el interior parecía haber una alumbrada que despedía ese humo y al entrar ahí estaba su mujer haciendo alguna clase de hechicería con hierbas y cosas indecibles, como guajolotes muertos y tripas de los mismos animales, con las que se untaba sangre en el cuerpo desnudo. De alguna forma ese humo envolvió a la mujer y luego de un rato se dejo entrever a un enorme guajolote con una asquerosa cabeza y un cuello de color blanco azulado, tenia verrugas y un par de apéndices que salían de un pico amarillento y daban la impresión de moverse a voluntad. El miedo me invadió y salì corriendo.

Francisco corrió molesto a aquel hombre, sin embargo las palabras del viejo andaban por su cabeza. Había algo en lo que el viejo tenía razón y era que los niños, sus alumnos comenzaron a enfermar de fiebres y diarreas desde que Crescencia había llegado al pueblo y algunos de ellos estaban tan desnutridos que dejaron de asistir a las clases. De la misma forma las personas se quejaban de enfermedades desconocidas que los hacían dormir toda la noche y despertar cansados y sin energía. Al pensar esto último, Francisco tuvo una revelación: El té que le daba su esposa todas la noches y lo hacía dormir “como tronco”.

Al llegar a su casa, continuó con la misma rutina para que no sospechara, y esta vez fingió haber tomado el tè... en la madrugada sintió que se levantaba de la cama. Francisco presuroso se levantó para seguirla y caminó algunos metros en el gran solar de la casa, al fondo en una arbolada y casi oculta se paró viendo al cielo y extendiendo los brazos, después de mucho rato, comenzó a juntar unas piedras redondas para hacer un círculo y encender unos leños para una fogata. Mientras se avivaba el fuego la señora tomo un par de guajolotes y los sacrificó. Después se despojó de su ropa y comenzó a untarse la sangre de uno de ellos, al terminar este repugnante acto, arranco las piernas de la otra ave y las acomodó en una piedra grande, luego continuo con un extraño ritual en lenguas desconocidas y prácticas de hechicería, ante la mirada atónita de Francisco que no podía creer lo que sus ojos veían.




Ante la mirada de horror y pánico del maestro vio que Crescencia se despojaba de ambas piernas, arrancándoselas con violencia y en medio de gritos de dolor se quedó sin extremidades a la altura de la cadera, contrario a lo que pudiera pensar el maestro, no sangró ni un momento y en cambio, tomó las patas que había cortado del guajolote y las enterró en la carne donde habían estado sus piernas, y la transformación comenzó.

El ave comenzó a aletear para tomar el vuelo y así lo hizo, en medio de ensordecedores aleteos y graznidos voló unos metros hacia arriba y se fue al ras de las copas de los arboles perdiéndose de vista en la obscuridad de la noche.

Luego de estar pasmado viendo todos esos despojos, la decepción y la ira se anidaron en su corazón y sin pensar tomó las piernas y todos los restos que había regados y los echó al fuego que se avivó de una manera extraña quemando todo. Iluminado por la lumbre, Francisco de forma siniestra sonrió con una leve mueca de triunfo. Al ver que todo se consumía se dio la media vuelta y se metió a su casa, sentándose a beber un vaso de Brandy para esperar a que regresara su mujer.

Dándose cuenta de la hora y que su mujer no había llegado, un tanto preocupado se paró y se dirigió al lugar, al abrir la puerta no pudo evitar dar un grito de horror y cayendo sobre sus espaldas miró con pánico que su mujer estaba al pie de la puerta intentando entrar.

Desnuda, llena de ceniza y sudor y no tenía ambas piernas. La parte de su cuerpo donde alguna vez estuvieron sus extremidades había un par de huecos cubierto con apenas una delgada capa de piel por donde se reflejaba la carne y el hueso.

La bruja con desesperación trato colocarse sus extremidades pero tofo fue inútil, le ganó la mañana por lo que su cuerpo al no tener las extremidades se quedó lisiado para siempre. Ese fue el castigo que sin planearlo, el maestro Francisco le impuso a su mujer por ser una bruja ruin y malvada.

A pesar de todo el hombre seguía amándola y ayudó en lo que pudo a su mujer, la cual estuvo condenada a estar atada en una silla de ruedas de madera por el resto de sus días. La gente del pueblo al ver y saber sobre la discapacidad de la mujer intuyeron que había recibido su justo castigo, luego de saberse su cruel y merecido destino la gente la bautizó como “Chencha la Mocha” y este relato es cierto ya que ella vivía en la misma calle que yo y todos en esa época supieron su historia, que llegó a ser una leyenda. De su destino poco se sabe ya que con el tiempo nadie la volviò a ver y el maestro Francisco continuó con su noble labor de la enseñanza.

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